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“Hoy que ya te has ido”…

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Por: Miriam Olivera/ Columna Reflexiva 📖

Voces libres

Esta sería su sorpresa del día del padre pero, el tiempo no nos alcanzó. Hoy, ya no es una felicitación, estas letras son mi forma de rendirle homenaje.

Hablar de Fernando Olivera, mi papá, es hablar de mi “extraño gusto por el futbol”, ese que por una u otra razón nunca pude practicar pero, que seguí a través de la televisión por muchos años, algunas tardes acompañada por él y viéndolo enojarse porque las jugadas más claras no terminaban en gol.

Por algún tiempo ese gusto estuvo pausado… sin embargo, las decisiones laborales me llevaron a reencontrarme con ese rectángulo verde, ya no como aficionada, ahora desde la cancha y con una gran responsabilidad; contar lo que ahí sucede, desde la cancha, primero con un micrófono como herramienta y ahora acompañada por una cámara fotográfica. En las visitas a su casa o por teléfono, seguimos hablando de futbol, de lentes y fotos… de lo impredecible que es este juego. Él se había desconectado de esto y aunque sabía que no había el mismo interés que años atrás, siempre me siguió preguntado por los horarios de los partidos y los resultados, los inicios de torneo y los juegos más importantes… ahora entiendo que sólo lo hacía por mí, para mostrar interés.

Hablar de él, también es contar sobre los fines de semana, mis días preferidos cuando era pequeña y no sólo porque no debía ir a la escuela sino porque nos desvelábamos viendo caricaturas. Además, paseábamos por el andador turístico, el jardín Labastida, íbamos por dulces de anís, al zócalo, a las galerías, a los museos… tomada de su mano todo era perfecto. Cada semana podíamos recorrer los mismos lugares y siempre había algo nuevo por hacer. Sí, una de sus enseñanzas más grandes podría resumirse con la frase; “mira con los ojos del turista, que ven belleza donde todos ven rutina”.

Contar de los días felices es hablar de los barcos de papel que hacía con los boletos que daban en los camiones, y que veíamos perderse en alguna calle en los días de lluvia. Aprendí a hacer esos barquitos. Es hablar de la chamarra de mezclilla, con botones del Che Guevara, tu fiel compañera por años, la mía tenía en la espalda a Pedro Picapiedra, esto me hacía sentir como él, llegamos incluso a pegarle algún botón en el frente para que se vieran parecidas.

Mis mejores días los pasé viéndolo pintar, solos él y yo, y pocas personas podrán presumir haber echado a perder una acuarela de Fernando Olivera… yo lo hice, y después de llamarme la atención; para hacerme sentir mejor, me dijo, que no le había gustado cómo iba quedando, que no pasaba nada.

Me enseñó la delicadeza con la que un lápiz, color o pincel deben ser tomados, la paciencia con la que cada pieza va tomando forma y observándolo trabajar; entendí que jamás habría otro como él. No es que no haya querido seguir sus pasos, y continuar el legado, es sólo que, Olivera, el pintor fue y siempre será sólo él.

Cuando algún trabajo de la escuela requería de toda mi creatividad siempre me impulsó a hacer lo mejor, a ver más allá, a ser diferente, a ponerle mi sello. Como cuando pasamos toda una tarde tratando de hacer uvas de cera para la clase de artística, acomodarlas en el racimo fue casi imposible pero al final tuvo razón, nadie llevó algo parecido. Y qué decir del jabón tallado, después de echar a perder varios terminó ayudándome porque trabajar con las gubias me resultaba imposible.

Siempre cuidó lo que yo miraba en la televisión, así que tengo bien grabadas las incontables tardes viendo bizbirije y sus reporteros, bromeando me decía que mandara una carta para salir ahí. Años después, mientras trataba de entender cómo era que había terminado en este ambiente de los medios de comunicación, recordé esos días. Ya no pude participar en ese programa como reportera pero, sí tuve oportunidad de usar el micrófono para contar otras historias igual de importantes.

Hablar de él, también es recordar a cada animal rescatado, a los desconocidos que siempre saludaba por la calle, a los que les compartió comida y a quienes decidió llevar con él y cambiarles la vida. Me enseñó a verlos con amor y compasión.

Los animales, colores y sabores de Oaxaca siempre fueron parte importe de su vida y obra. Su trabajo logró traspasar fronteras y transmitir esa pasión que sentía por lo que hacía, el orgullo por sus raíces y su forma de ver el mundo. Desde su trinchera alzó la voz y se manifestó contra las injusticias pero, también supo mostrar el lado bonito, esos colores intensos que atrapan la mirada, esos cielos estrellados que te llevaban a querer tener alas y volar también…

La última vez que tuve oportunidad de estar con él, rogué por un milagro, quizá sin darme cuenta que el milagro lo tenía frente mí. La oportunidad de darle un último beso, de agradecer por todo y dejarlo partir.

El tiempo en la funeraria y estos primeros días sin él han sido difíciles pero, no puedo negar que mi corazón se sintió reconfortado al ver la cantidad de personas que acudieron a despedirlo. Dejó una huella en la vida de muchas personas, por eso su legado va más allá de lo que se puede ver y tocar.

Sentir el abrazo sincero de la chica de la cafetería que te veía y exponía tu obra y la señora encargada de la limpieza en el CEDART, me recodaron que nunca nadie le resultó invisible, y que quizá él ni sabía la cantidad de personas que lo querían y extrañan verlo.

Ver a su maestro Takeda sobre el ataúd, dándole un último beso… no hicieron falta palabras para sentir lo mucho que le dolía esa despedida. Hay ocasiones en que las palabras sobran, por eso sus abrazos y apretones de mano lo dijeron todo. Ahí estaba su maestro, acompañándolo hasta el último momento.

Se fue entre aplausos y muchas flores, con el cariño de amigos, compañeros de trabajo, pintores, alumnos, y personas con las que coincidió en el algún momento de su vida.

Felices trazos papá elefante… yo aquí, te sentiré cada vez que alce los ojos y observe el cielo estrellado, ese tan característico de ti. Te sentiré cada que mire el guanábano, el naranjo o las biznagas, tu último regalo… irás conmigo cada vez que use alguna de las pulseras que me regalaste, el conejo tallado en madera, los aretes o algún collar… te sentiré cada vez que mire esa colección de conejos de todos tamaños y colores que desde hace muchos años está conmigo.

Te encontraré en cada corazón noble que comparte su comida con algún perro o gato callejero, en cada uno de “esos locos” que detenga su andar para saludar o acariciar a alguno de esos animalitos.

Se fue tu cuerpo pero, tus enseñanzas, tu amor, y los buenos momentos se quedan por siempre conmigo.Gracias por pintar mi mundo de colores… gracias por ser excepcional, gracias por ser tú pero, sobre todo gracias por ser mi papá… Siempre ha sido, y será un orgullo decir que soy hija del maestro Fernando Olivera.

“Y cada día un instante volveré a pensar en ti”…

Correo 📧: olivera.m2688@gmail.com
Twitter 🐦: @MR14M
Instagram 📸: @m1r14m

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